¿Quiere recibir Revista Médica en su correo de forma gratuita?
12/01/2014 n167
Benjamín Abarca:
“Yo monté la primera UVI móvil de España”
El presidente de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) reconoce con orgullo que está enamorado del medio rural. Sus primeros años como médico los pasó allí, disfrutando de esa curiosa relación, retratada en tantas películas ambientadas en la España de la posguerra, en la que el médico, el alcalde, el cura y el maestro manejaban (y manejan todavía en algunos casos) la política de un pueblo. El presidente de SEMG podría haber sido piloto de aviación si no fuera por la vista, y entre sus hitos profesionales destaca el de haber ayudado a montar la primera UVI móvil de España.
Textos:
Javier Leo

Imagen:
Miguel Ángel Escobar
Un gallego a caballo entre Madrid y Lugo.
Vivo donde he nacido, eso es una suerte. Nací en Lugo, una ciudad poco conocida con un bagaje cultural muy importante. Cuando doy charlas por ahí siempre pongo la foto de mi ciudad. Porque además yo nací dentro de murallas y eso es una broma en Lugo: soy de Lugo y de dentro de murallas. Donde yo nací se vivía en la calle, y además, como yo vivía en el centro y dentro de murallas, jugaba al balón fuera de casa y hacía todas esas perrerías que hacíamos los chicos que vivimos en la calle. Mi juventud fue muy agradable. Crecí en una familia de clase media donde mi madre era maestra y mi padre militar, así que soy un prototipo de la España de la posguerra. Me marcó mucho mi madre, fui con ella a sus escuelas unitarias. Pasé mucho tiempo en las aldeas con ella y por eso conozco muy bien el medio rural gallego. Tenía también un hermano que ya falleció. Por la profesión de mi madre hice el bachiller muy jovencito y me fui con 16 años a la Universidad de Santiago de Compostela. Era un pipiolo. En esa época vivías propiamente la universidad, y es una pena que se haya perdido por la evolución social. Pero para mí sí fue una vivencia, porque estábamos todos conectados en una experiencia muy interactiva en la que hacíamos muchísimas cosas aparte de estudiar, como el cineclub, la tuna o el teatro.

¿Por qué se decidió a ser médico?
Fue un cúmulo de circunstancias. Mi abuelo era médico, pero no tengo la percepción de que eso me influyera porque, entre otras cosas, no le conocí. Siempre me gustó mucho la relación con la gente y me tiraba mucho la Psiquiatría. Siempre me gustó el hacer por los demás y ese conjunto de cosas me inclinó. Una vez terminé la carrera me vine a Madrid. Estaba acabando la ‘mili’ y empecé a trabajar en el Gómez Ulla y en el Generalísimo. Allí tuve la suerte de participar en la idea de montar la primera UVI móvil que hubo en España. Se le había encargado al Ejército porque venía Juan Pablo II y querían tener algún vehículo preparado con el que, en caso de emergencia, le pudiéramos trasladar. En aquella época solo existían las lecheras montadas en Simca 1.000. Pero estaba empezando el Samur de París y les copiamos la idea. Me vine a Madrid para hacer la especialidad y probablemente la hubiera hecho en Psiquiatría. Pero entonces salieron unas oposiciones para plazas del antiguo Insalud y mi hermano, que era inspector de Hacienda, me dijo que tenía que presentarme, que trabajar en la Administración era lo mejor que podía hacer. Me matriculó sin yo enterarme. Me llamaron para hacer el examen y, por la suerte de cuando uno va a una oposición sin demasiado interés en que pase nada y va totalmente relajado, la aprobé. Y ahí vino el problema, porque yo tenía mis planes aquí en Madrid y de repente me encontré con que tenía una plaza en propiedad en Lugo.

xxxxxx xxx xx xxxxx xx xxxx

¿Qué historia cree que será la favorita de sus nietos?
La plaza era de médico rural. La tentación era terrible. Una plaza en propiedad para toda la vida o quedarme en Madrid. El debate familiar me convence con un argumento muy sencillo: en el peor de los casos estoy un año y una vez cumplido el año te podías coger una excedencia de hasta seis años. Me lo ponían fácil. Total, era un año, ya había trabajado en el hospital, voy al medio rural y lo conozco. Entonces me enamoré de ese trabajo. Me tocó en Cervantes, entre León y Galicia, en la zona de Ancares. Cuando yo llegué no había farmacia, la farmacia era yo. No había muchas de las carreteras que hay ahora. La mayoría eran pistas y a los avisos tenías que ir en Land Rover porque no se llegaba de otra manera. Era muy duro aquello, pero no para un chaval joven. Allí conocí a los viejos, que me acogieron con mucho mimo, como el chavalito que era. Estuve casi tres años y fue algo inolvidable. Me fui de allí por mi mujer, porque al cabo de año y pico me casé y se vino allí conmigo. Ella era psicóloga, estaba empezando a trabajar y lo dejó para venirse. Pero claro, en un pueblo de aquellos, con 300 habitantes, la cosa empezó a volverse problemática para ella porque no tenía nada que hacer. Yo tenía mi consulta, mis relaciones, porque en aquella época, y todavía ahora, incluso, la relación médico, alcalde, cura y maestro era tal y como sale en las películas. Yo viví esa época, estaba todo el día ocupado. Cuando no estaba en la consulta estaba de relaciones institucionales. Me encontraba francamente bien. Me costó trabajo irme. Me enamoré de la Medicina rural, me fui a otro pueblecito y de ahí a la ciudad de Lugo; me enrollé con el asociacionismo y me quedé allí.

¿Ya empezó tan pronto su inclinación por el asociacionismo?
Empezó en Cervantes. Teníamos que bajar a por las recetas a Lugo. Y en una de estas bajadas me encontré con unos compañeros que habían bajado también a por recetas y empezaron a hablar de problemas de profesión y de que teníamos que hacer algo, que no podíamos quedarnos quietos. Fue así como inauguramos la Asociación Profesional de Médicos de Zona. Y ahí empecé el lío. Al poco tiempo me convencieron para presentarme al Colegio de Médicos de Lugo, donde me pasé 15 años de secretario de colegio y del Consejo Gallego.


¿Cómo ha llevado la familia que estuviera siempre en estos ‘líos’?
De alguna manera algo nos debe pasar en alguna neurona a los que nos metemos en estos asuntos. Pero también es verdad que no sabemos vivir de otra manera. Necesitamos estar involucrados con la profesión, estar enterados de lo que ocurre, intentar mejorar las cosas. Es algo innato y ayuda lo que tienes alrededor. Es una forma de ser.

¿Eso quiere decir que después de SEMG tendremos Benjamín Abarca para rato?
En la Junta Directiva de SEMG no, pero donde sí estaré es en la Fundación Solidaria, porque mis lazos con Iberoamérica son muy fuertes. Tengo muchos amigos y se puede ayudar mucho en esto. Hemos abierto otro campo de actuación impresionante que es el Sahara, donde estuve hace un mes. Junto con la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), somos las sociedades que nos movemos en este campo. Me removió el cuerpo lo que vi en el Sahara. Mira que he visto cosas en Iberoamérica, pero el Sahara es especialmente duro. Especialmente porque está tan cercano. Tenemos un enorme desconocimiento de lo que es un pueblo viviendo 40 años de la caridad. Es tremendo. Viven en campos de refugiados y siguen allí después de todos estos años. Es increíble cómo el ser humano es capaz de sobreponerse y de organizarse en unas condiciones tan terribles. Porque aquello no es el desierto, es el desierto del desierto. No hay nada. Pero nada de nada. Las cabras comen plástico y papel, y no se mueren ni nada.

Tiene una hija que ha seguido sus pasos ¿qué sintió cuando te dijo: papá, quiero ser médico, y además, médico de Familia?
Fue una cosa que vino muy hecha, lo tenía clarísimo desde que tenía 14 o 15 años.

¿Se deja aconsejar en la consulta por su padre?
Hablamos mucho, pero su consulta es su consulta. Estuvo conmigo en mi centro de salud rotando. Qué voy a decir yo, pero es una excelente persona, muy buena profesional y muy bien preparada, porque ahora nuestros chicos están bastante mejor preparados que nosotros. Aunque tienen la suerte también de que las otras generaciones les dedicamos tiempo.

xxxxxx xxx xx xxxxx xx xxxx

¿Es socia de SEMG?
Hombre por supuesto. No solo es socia, es vocal de la delegación gallega. Porque ella quiso y el presidente actual le llamó, no porque fuera hija mía. Viene participando desde hace tiempo y empezó en el grupo de residentes. Y ahora ahí está, como otro buen número de residentes de SEMG. Es también un reto este tema, que soltemos más amarras. A veces los mayores tutelamos de más. Si se equivocan ya rectificarán, dejarles que hagan. SEMG lo tiene clarísimo: es necesario favorecer su desarrollo.

¿Qué le habría dicho si se hubiera hecho socia de Semfyc?
Le preguntaría: “¿qué te dan ahí que no te demos nosotros?”, y me preocuparía si lo hubiera hecho. Pero ante todo creo en la libertad. Y además lo digo siempre: así como en otras épocas los médicos jóvenes se guiaban por las siglas, ahora para nada. Si no me das servicio olvídate. Estoy contigo mientras me des servicio.

¿Cuáles son sus aficiones?
Tengo muchas, algunas un poco extrañas. De deportes me gusta el baloncesto, lo practiqué durante muchos años, y el ciclismo. Aunque hace unos años me rompí una pierna y desde entonces me cuesta. Luego tengo otras aficiones un poco más raras. Me gusta mucho la aviación y fui de los primeros en Madrid y en España que hizo ala delta. Luego me pegué una ‘castaña’ y lo dejé, porque hubo una época en que se construían muy mal las velas y flameaban, y la gente caía como piedras. Hubo muchos muertos. Ahora estoy recuperando el tema de la aviación y es uno de mis objetivos en los próximos años: sacarme el carnet de piloto. También me gusta mucho el mar. Ahí sí que tengo todos los carnets. Tuve barco, ya no, pero me gusta, más que navegar, pescar en el mar. En rio no me convence. En el mar es en el único sitio donde no pienso. Yo soy muy culo inquieto, y hay pocos sitios donde no esté pensando en lo siguiente. Por eso el mar me reconforta.


¿Si no hubiera sido médico, qué hubiera sido?
Supongo que piloto o físico. Las tres opciones estaban sobre la mesa. Piloto lo tenía más sencillo por mi padre militar y porque varios de mis primos habían sido militares también. Pero la vista me condicionó. Físico también me hubiera gustado porque tuve un profesor excelente en Física, y cuando alguien te enseña bien, eso te marca.

¿Cuál cree que va a ser la historia favorita de sus nietos?
Me imagino que algunas de las que les cuento a mis hijas. Tuve la suerte de convivir con mi madre esos años de la infancia. Esos años en las aldeas, de las escuelas unitarias, en las que yo a veces con ocho añitos daba clase si mi madre estaba enferma. Todavía no tengo nietos, pero de las batallitas de papá, a mis hijas les gusta cuando les cuento que cerca de Lugo, cuando estaba con mi madre en las escuelas rurales, no había luz eléctrica y utilizábamos el candil y carburo. No había agua, por supuesto. Y todo eso a 20 kilómetros de Lugo, era como en la posguerra pero sin ser posguerra. Eso les encanta, les resulta muy curioso.

¿Le ha pasado alguna vez aquello de: hay algún médico en la sala?
Montones de veces, en los aviones sobre todo, porque me paso media vida en ellos. He tenido anécdotas de todo tipo. No hace mucho tuve una en un vuelo de Madrid a Santiago. Estábamos para salir y llevábamos una hora en el avión, sin aire, con un calor espantoso. Y una persona se puso mala. Ahí a los de Primaria siempre nos toca entrar en acción. Estaba con un cuadro gripal tremendo y la hora de espera le empeoró. El cuadro era claro, pero dijo que había notado algo en el pecho. Entonces me vino el comandante para decirme que iba a empezar a rodar para despegar, y le dije que no. No podía llevarle en el vuelo sin ningún medio pudiendo tener un infarto. Así que aunque el piloto se negaba, no le dejé despegar bajo mi responsabilidad. Al final lo desembarcó y se lo llevaron.