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22/12/2013 n164
Cátedras
sanitarias
‘a la medida’

¿conocimiento o negocio?
Elsa García

Universidades e industria se asocian para crear las llamadas ‘Cátedras de Empresa’, una fórmula cada vez más recurrente para conseguir financiar proyectos de investigación y proyección internacional en la que el centro docente obtiene financiación de empresas privadas.


Muchas universidades españolas se han lanzado, desde hace ya unos años, a multiplicar la creación de las llamadas ‘cátedras de empresa’ o ‘cátedras de patrocinio’ relacionadas con la salud. Esta asociación, destinada normalmente a iniciar diversas actividades en el campo de la formación, el apoyo a la investigación, el impulso tecnológico, la difusión del conocimiento y el fomento de la cultura, es una fórmula que complace tanto a centros educativos como a las empresas privadas.

Para los primeros representa una oportunidad de acercar a sus estudiantes al mundo empresarial, así como de financiar proyectos que de otra manera podrían no encontrar salida.

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Para los segundos, esta subvención es su manera de demostrar a la sociedad su implicación social, de desarrollar proyectos de responsabilidad social corporativa y mejorar, de paso, su imagen ante millones de potenciales usuarios.

“En general, estas cátedras son un instrumento idóneo para llevar a cabo una colaboración estable entre la universidad y las empresas, con el ánimo de conseguir objetivos de interés común”, explica Ana Valdés Llaneza, directora de Área de Transferencia de Resultados de Investigación de la Universidad de Oviedo. Según el punto de vista de Valdés, se trata de una “unión estratégica y duradera por la que ambas partes se benefician de los resultados logrados” en el ámbito de la formación, la creación cultural y artística, la investigación, el desarrollo, la innovación y la difusión de conocimientos.


Esta es una opinión compartida por muchos de sus compañeros docentes, como por Jesús Gestal Otero, decano de la Universidad de Santiago de Compostela, quien además destaca el hecho de que la labor llevada a cabo desde estas cátedras “tiene una enorme trascendencia de cara a la proyección exterior de las universidades”, a pesar de que en el ámbito sanitario existen muchas comunidades autónomas que aún no se han decidido a crear cátedras de este tipo, como ocurre en La Rioja, Castilla-La Mancha (donde tienen seis cátedras de otros ámbitos), Cantabria

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(que tiene 11) o el País Vasco (que cuenta con 10 cátedras de empresa de otros campos).

Está claro que para los centros docentes esta fórmula funciona. Y muchas empresas privadas, instituciones sanitarias y laboratorios dejan claro que para ellos también.

La Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) cuenta en este momento con seis cátedras de este tipo en Santiago de Compostela, Zaragoza, Cádiz, Pompeu Fabra (Barcelona), Granada y Murcia. Para ellos, constituye una herramienta para propiciar el acercamiento entre los profesionales sanitarios y los profesionales de la educación, para colaborar en la formación de los futuros médicos acercando a sus ámbitos la Medicina de Familia, como área propia y específica de conocimiento en consonancia con el objetivo generalista de formación del estudiante de Medicina actual; aunque por otro lado, y dado que las actividades van dirigidas a hacer confluir las áreas educativas con las sanitarias con el objetivo común de incorporar al mercado laboral a los profesionales que la sociedad necesita, SEMG considera que “la relación debe ser bidireccional, acercando a los estudiantes al mundo asistencial real, pero también retornando al profesional asistencial de nuestro sistema sanitario al mundo académico del que se alejó en cuanto obtuvo su titulación”.


José Carlos Pastor, catedrático vallisoletano y Director del Instituto Universitario de Oftalmología Aplicada (IOBA), que en la actualidad colabora en cuatro cátedras sanitarias en Valladolid, generalmente con un contrato para un profesor asociado de 3+3 horas (fórmula establecida y autorizada por la universidad),

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reitera que la asociación de universidades e instituciones como la suya es una forma de implicar a las empresas en el mundo universitario y viceversa. “Las empresas que han accedido a crear y dotar esas cátedras tratan de aprovechar, además del prestigio de la universidad, nuestras capacidades formadoras, sobre todo en formación continuada a profesionales que ya están ejerciendo y necesitan actualizar conocimientos”, apunta, a la vez que recuerda que “esa es también una misión fundamental de la universidad del denominado Espacio Europeo de Educación Superior”.

Pastor ve claras ventajas a estas cátedras, como el hecho de que “el público objetivo (en nuestro caso concreto oftalmólogos y ópticos) es más receptivo a mensajes que se originan en una institución pública, con un fuerte componente crítico, que a cursos organizados por determinadas empresas, que a veces utilizan conceptos propagandísticos”, auque niega categóricamente que las empresas colaboradoras condicionen en algo a las universidades por su ayuda económica. “Es obvio que los intereses deben ser coincidentes, pero nada más”, apostilla, aunque reconoce que “las empresas no suelen financiar actividades alejadas de sus legítimos intereses económicos”.

Hacia un punto similar apuntan desde Novartis Farmacéutica, otra empresa recurrente cuando se hace referencia a la subvención de estas cátedras,

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que asegura que las principales prioridades para que mantengan tan activas estas ayudas es potenciar la formación en los métodos de investigación clínica y de resultados de salud, además de fomentar y realizar programas y actividades docentes, impulsar trabajos de investigación y consolidar la investigación clínica en patología de alta prevalencia. “La colaboración de Novartis en la realización de estas cátedras es una muestra más del compromiso de la compañía con el impulso de la investigación y la docencia, ofreciendo a los profesionales sanitarios herramientas necesarias para desempeñar su labor y ofrecer un servicio de calidad a los pacientes”, señala Natalia Armstrong, de su Departamento de Comunicación, quien reseña que “el compromiso de la compañía va más allá de la investigación de nuevos medicamentos, ya es un débito de colaboración permanente con todos los agentes sanitarios públicos y privados que están involucrados en la mejora de la salud”.


A estas alturas ha quedado clara la voluntad de empresas, fundaciones y universidades por que estas asociaciones sean una fuente más de docencia de calidad e investigación puntera. Sin embargo, es un hecho que para que el nombre de instituciones privadas aparezca en los títulos de las cátedras, hay un precio. Muestra de ello son los beneficios anunciados por la Universidad Miguel Hernández, en Elche (Alicante), donde se anima a diferentes empresas a ser las patrocinadoras de su ‘Cátedra Pedro Ibarra’, disfrutando, a cambio de 6.000 euros, de beneficios tales como presencia de imagen y logotipos y mención expresa en las ruedas de prensa que organice la cátedra durante el año, presencia principal de imagen en la web de la cátedra, presencia destacada de imagen y mención en las tertulias de la cátedra, denominación expresa de un proyecto de investigación específico con el nombre comercial de la marca, presencia de logotipo en las publicaciones que pudiera publicar la cátedra y recordatorio de que las cantidades aportadas podrán ser objeto de deducción fiscal según la ley. Si, por el contrario, el patrocinio sólo llegase a los 3.000 euros, las ventajas que ofrece esta universidad se reducen a la presencia de imagen en la web y en las tertulias de la cátedra.

El interés económico de unos y publicitario de otros es un factor que no se puede negar en la medida justa. Igual que son innegables las diferencias en las cantidades monetarias que estas subvenciones sufren de unas comunidades españolas a otras.

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Uno de los ‘trueques’ más comunes en estos ‘equipos’ es la dotación de una plaza de profesor asociado, fórmula ya mencionada que gestionan en Valladolid y que también existe en Extremadura.

Algo similar se pactó para la cátedra Cisdem, que gestionan desde la Universidad de Sevilla y es dirigida por Isidoro Caballero, quien explica que en vez de una dotación fija anual, ellos piden que la empresa patrocinadora corra con los gastos de cursos nacionales e internacionales, proyectos de investigación, foros anuales entre la universidad e industrias farmacéuticas, etcétera. Sin embargo, su compañero Antonio Tabasco, responsable de la cátedra Avenzoar, revela que para ésta el patrocinio anual es de 14.000 euros.


Una cifra muy aproximada a la que piden en Oviedo para subvencionar su Cátedra Alcón de Innovación en Cirugía de la Ametropía, creada con la empresa Alcon Cusí, que tuvo que hacer una aportación de 15.000 euros.

Bastante más elevada es la cantidad que se estipuló en universidades como la de Santiago de Compostela (con tres cátedras del ámbito sanitario activas en estos momentos) o la Autónoma de Madrid (que ostenta 18 cátedras sanitarias), en las que las dotaciones alcanzan los 36.000 y 35.000 euros anuales, respectivamente.

A pesar de que existen universidades en las que estos requisitos económicos se plasman en su propia web,

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muchas prefieren no contestar informar sobre esta cuestión, como sucede con la Universidad Pública de Madrid, la Autónoma de Barcelona o la de Zaragoza, que cuentan con entre 4 y 7 cátedras de empresa de ámbito sanitario. La Universidad de Navarra, por su parte, ante las preguntas de ‘Revista Médica’, se ha limitado a asegurar que estas cátedras funcionan bajo el sistema de dotación por proyectos que se incluyen dentro de un convenio marco firmado con las universidades, pero han preferido no ofrecer públicamente las subvenciones que exigen a empresas y laboratorios para que su nombre figure en las cátedras.

Como en los diferentes ámbitos de la sociedad, la transparencia no siempre es entendida igual por todos, aunque seguramente en el sector académico debería ser una autoimposición en aras de despejar cualquier sombra en torno al conocimiento. Las cátedras de empresa, o ‘a la carta’ o ‘a la medida’, como también se pueden denominar, están ahí, son una realidad que sirven para completar la oferta académica, y de paso, echan una mano a la menguante tesorería de las universidades españolas.