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08/12/2013 n162
Diario de un médico español ‘exiliado’
Beatriz Oyanguren, médico española,
paseando por un parque de Worcester,
en Reino Unido

Este año que ya acaba será recordado como el del ‘exilio médico’. Aproximadamente 3.400 profesionales de la Medicina han emigrado al extranjero en 2013 en busca de un empleo acorde a su formación, porque en España cada vez hay menos oportunidades para conseguir estabilidad y buena remuneración. La mayoría son jóvenes médicos, que tras seis años de carrera y cuatro o cinco de especialización, acaban el MIR en un sistema que ha gastado tiempo y dinero en su formación, pero que no podrá aprovecharse de sus conocimientos.


Hiedra García Sampedro
Cada mes de abril sucede lo mismo, una hornada de residentes a punto de acabar su formación comienza el desfile por los distintos servicios de los centros sanitarios españoles entregando sus credenciales y haciendo entrevistas. “Yo dejé mi currículo en 20 hospitales, ¿cuántos me han llamado a día de hoy? Cero”, recuerda con pena Beatriz Oyanguren, postMIR del Servicio de Neurología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid que ha emigrado a Worcester, en la mitad occidental de Inglaterra, en Reino Unido.

Allí, en una ciudad pequeña de 100.000 habitantes cerca de Birmingham, vive y trabaja Beatriz. Ha tenido suerte, desempeña su labor en el Worcester Royal Hospital en el campo que más le gusta, en una unidad de accidentes cerebrovasculares. En su servicio hay dos españoles más. Beatriz tiene un contrato de especialista de un año con posibilidad de prolongar y “bastante mejor remunerado que en España”, asegura esta neuróloga de Bilbao, quien en España solamente encontró tres ofertas: una para cubrir una baja paternal de neurólogo general con guardias en Cuenca de un mes, una de médico general en una clínica de rehabilitación, y otra de neurólogo en una empresa farmacéutica.

Beatriz consideró que estas salidas “eran muy insuficientes” para la formación de calidad y específica que había recibido en el Ramón y Cajal. “El Servicio de Neurología del hospital es uno de los más punteros en la atención y manejo del ictus agudo”; “tanto la dedicación de la mayor parte de los adjuntos, así como el poder contar con importante carga asistencial y disponer de recursos necesarios, hace que el residente salga muy bien preparado”, subraya. Así que, sopesando sus oportunidades, decidió embarcarse en un proyecto que nunca antes se había planteado, salir de España a trabajar.


Decidido, ¡y en marcha!
El puesto que encontró Beatriz en el Worcester Royal Hospital estaba anunciado en la página web del Colegio Oficial de Médicos de Madrid por medio de una agencia de Recursos Humanos. Desde ese momento, comienza un proceso burocrático de casi dos meses. “Un sinfín de papeles que encargar y recoger, homologar el título de Medicina en el Ministerio de Educación y apostillarlo en el de Justicia, certificado de antecedentes penales en el Ministerio de Justicia, certificado provisional del Título de Especialista del Ministerio de Educación… ¡y eso solo en España!”, comenta.

Despedida de los MIR en mayo de 2013, en el Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid



El papeleo en el Reino Unido es incluso más interminable y caótico. Con todos los documentos españoles hay que solicitar el certificado del General Medical Council que acredita para ejercer en el país; esto cuesta 400 libras más 100 anuales. Además, este organismo exige una entrevista antes de ser aceptado en la que se verifica la identidad del trabajador, se entregan los papeles y se da el visto bueno. En el caso de Beatriz fue algo más sencillo, ya que la agencia a través de la que fue contratada se encargó de ayudarla en todo este proceso.

La parte burocrática es complicada, pero, sin duda, el trago más amargo para un joven que decide hacer las maletas tiene que ver con motivos personales. “Tomas una decisión que te va a cambiar tu vida por completo, otro país, otro idioma, otro hospital, otros compañeros y otra forma de trabajar”; es un momento “lleno de incertidumbres, las ilusiones se mezclan con los miedos y solo deseas que llegue ese primer día”, confiesa a ‘Revista Médica’ Beatriz, quien recuerda como un “infierno” la logística de su llegada a Worcester: buscar piso, encargar muebles, abrir cuenta del banco, móvil inglés o contratar el wifi. Pero para pasar este trago ha tenido a su novio, enfermero de urgencias también en el Ramón y Cajal, que se ha trasladado al Reino Unido con ella.


El día a día en el hospital
El National Health Service inglés (NHS) difiere tanto del Sistema Nacional de Salud español que es “otro mundo”. Tanto la personalidad de los ingleses como el propio sistema son muy “cuadriculados y legalistas”, debido en parte a la importancia que se le otorga a la opinión del paciente y a la enorme cantidad de reclamaciones y pleitos a los que se ve sometido el NHS cada año. “Es un sistema lleno de protocolos, guías y normas de obligado cumplimiento”, señala esta neuróloga española emigrada.

Adaptarse a un ambiente nuevo, a una forma de trabajar distinta en solamente cuatro meses que lleva Beatriz en Worcester, ha sido toda una proeza. Pero ha tenido que aprender a marchas forzadas porque la carga de pacientes en el Reino Unido “es brutal” para la plantilla de médicos residentes y adjuntos que tienen los hospitales. La experta en ictus subraya que, en general, se ahorra mucho en personal médico. “En mi planta hay 33 camas, dos adjuntos y dos o tres residentes, lo que en el Ramón y Cajal era llevado por tres adjuntos y ¡seis o siete residentes!”, explica.

Aunque su horario laboral es similar al español, de 9 a 17 horas, es raro el día en el que Beatriz sale antes de las 19.30, y siempre llega antes de las 8.30. En ese tiempo, atiende una planta donde hay 17 pacientes, además lleva el ‘busca’ de urgencias y ve a los enfermos que están ingresados en otra planta por saturación de la unidad.

Beatriz con su compañero Víctor, del Ramón y Cajal

“Es mucho trabajo y mucha tensión”, confiesa. Además, los residentes con los que cuenta son de Medicina General de primero, segundo o tercer año, sin ninguna experiencia en ictus, a diferencia de la unidad del Ramón y Cajal. Por lo tanto, los adjuntos no se fían lo suficiente como para delegar en ellos. “Hay que estar en todo”.

Otra de las particularidades de los hospitales ingleses es que se basan en un sistema liderado por las enfermeras. En la unidad del Worcester Royal Hospital, cada mañana, tanto las enfermeras jefe como el jefe de planta -que no es médico, sino economista- se reúnen con los facultativos para agilizar las altas. Según Beatriz, en España no estamos acostumbrados a esta situación, que traslada una tensión extra “bastante grande”. “Sin embargo, al pasar las semanas me he ido acostumbrando a pelear por mis pacientes y a llevar sola el ritmo que mis altas requieran”, comenta.

La tensión además se incrementa por el idioma. Aunque el nivel de inglés sea bueno -con un título ‘Advance’ de la Universidad de Cambridge-, ninguna academia prepara para entablar una conversación con ancianos afectados por afasia. “Sin embargo, el inglés mejora a velocidades sobrenaturales cuando estás inmerso en ese mundo por ejemplo 11 horas al día y con el tiempo también se gana confianza y te sueltas olvidándote de la vergüenza”, comenta Beatriz. Asegura que en general la gente es maja, hace por entenderla y siempre acaba adivinando la nacionalidad de Beatriz, a quien terminan contando sus últimas vacaciones en Almería, Menorca o Alicante.


Vida personal
El frenético ritmo de un médico emigrado en Reino Unido a duras penas deja tiempo para una vida fuera del trabajo. Entre semana, Beatriz llega agotada a las ocho de la tarde a su casa, con el tiempo justo para ir al gimnasio o estudiar un poco, cenar, ducharse y a dormir pronto. Eso sí, durante los fines de semana hay que aprovechar la experiencia para sacarle el máximo partido.


Los sábados y los domingos son días de excursiones. A Beatriz le ha dado tiempo a visitar Londres dos veces, Birmingham, Oxford y Bristol. “Y aún nos queda muchísimo por hacer”, asegura. También organiza cenas con residentes, enfermeras y adjuntos jóvenes de la unidad.

“La verdad es que nunca pensé que esto fuera un cambio definitivo. Mi idea es pasar aquí un par de años, mejorar el inglés, coger experiencia, ¡ahorrar!, y volver a España cuando la cosa esté algo más estable y mi experiencia ya me ayude a encontrar un trabajo más digno. Yo quiero vivir en España, lo tengo bastante claro. Me he ido porque de neuróloga en España no había forma de trabajar”.


España, “desastrosa” repatriando científicos
El testimonio de Manuel Zurbarán, médico preventivista de 31 años, suena a crónica de una muerte anunciada. Desde el Institut de Veille Sanitaire (InVS) de París, Manuel relata a ‘Revista Médica’: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana… escribía García Márquez”, pues igual se sintió este post-residente del Hospital Universitario Virgen del Rocío cuando descubrió que era inevitable hacer las maletas, algo que ya presagiaba porque en España “las puertas empezaron a cerrarse por la disminución de presupuesto para Sanidad, despidos de compañeros, contratos mensuales al 75 por ciento de la jornada o sobrecarga de trabajo”.

Manuel Zurbarán, en el Colegio de Médicos de Sevilla

“En ese momento se vive como una especie de naufragio, con sentimientos encontrados. De un lado, estás triste por todo lo que está pasando, por todos los que se ahogarán; y de otro lado, estás contento por haber tenido la suerte de mantenerte a flote y poder contarlo”, asegura.

La Red Europea de Asociaciones de Residentes de Salud Pública (Euronet), junto a su filial española ARES, ofrecieron a Manuel la oportunidad de hacer una rotación durante su residencia en el InVS, donde finalmente fue contratado. En su último año de carrera también estudió en París a través de la beca Erasmus, “el mejor ensayo para la emigración”, asegura. En la ciudad gala es donde trabaja y vive ahora, y de momento no se plantea regresar, “por lo bien que lo hace Francia y lo mal que lo hace España, donde tenemos una desastrosa experiencia de repatriación de científicos”, se lamenta.

“Emigrar es una oportunidad para sobrevivir, de recuperar la dignidad profesional y de planificar nuestra vida a largo plazo”, señala Manuel. Apunta además que la buena formación MIR en España capacita a los jóvenes para competir por puestos en otros países, pero “es cierto que muchos puestos a los que acceden los médicos españoles no los quieren los del país de acogida, como, por ejemplo, médicos de Familia en zonas rurales”.


2.700 emigrantes más que hace cinco años
La emigración parece que es la única solución para dar salida al superávit médico que según la comunidad médica está empezando a darse en España. Las cifras avanzadas por el presidente de la Organización Médica Colegial (OMC), Juan José Rodríguez Sendín, apuntan a que durante este año han emigrado aproximadamente 3.400 médicos. Las solicitudes se han registrado en los colegios profesionales, ya que los médicos tienen que pedir un certificado a estas instituciones para poder iniciar los trámites legales en el país de destino. En todo el año pasado, según los datos aportados por la OMC, se solicitaron 2.119 certificados, una cifra tres veces mayor que la de hace cinco años cuando empezó la crisis económica. En 2008 ascendía a 675, mientras que en 2009 fue de 746; en 2010, de 1.240; y en 2011, de 1.437. El éxodo de conocimiento médico ya es una realidad. De la Administración depende que se le pueda poner freno a esta ‘sangría’ de talento.