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07/10/2013 n153
Máximo González Jurado:
“Soy un corredor de fondo, nunca me vengo abajo”
Cofrade del Señor de la Humildad de Puente Genil, empaquetador de membrillo en su adolescencia y jugador de primera división de balonmano. Máximo González Jurado recuerda con una sonrisa su infancia, incluso los momentos más duros, porque es “un corredor de fondo” y cree que, si cuesta, la meta es más gratificante. Atribuye su veterana presidencia en el Consejo General de Enfermería a su mujer, Eloina, quien no le dejó dimitir en “el momento más difícil”. No se plantea la jubilación, pero cuando llegue, recorrerá Europa y Canadá en su autocaravana. El presidente de los enfermeros españoles repasa su trayectoria vital y profesional para 'Revista Médica'.
María Márquez / Imágenes: Consejo General de Enfermería, Sanitaria 2000 y Adrián Conde

¿Qué recuerdos guarda de su localidad natal, Puente Genil?
Fueron vivencias maravillosas. Somos una familia muy numerosa. Mi madre tenía 21 hermanos, mi padre eran 11 o 12 hermanos. Tengo más de 70 primos. Mi infancia fue bonita pero dura, en la época de posguerra. Nos daban queso y leche americana en la escuela, porque no había alimentación para nutrirnos. Íbamos en pantalón corto y jugábamos tirándonos piedras, no había ‘playstations’.

¿Cuántos hermanos eran?
Ocho. Yo soy el tercero. Desgraciadamente han fallecido tres, uno mayor que yo, y dos más pequeños. En mi casa era difícil salir adelante con un sueldo, pero teníamos un sentido de la responsabilidad enorme, sabíamos que había que ayudar, y en verano trabajábamos los mayores. Con ese dinero pagábamos los libros y la ropa. Heredábamos los trajes de pana, que nunca se rompían.

¿Fue un buen estudiante?
Sí, no tengo ningún rubor en decirlo. En la enseñanza primaría sí, pero cuando llegué al bachiller, el primer año me atasqué porque me junté con amiguetes con los que me lo pasé muy bien, pero faltábamos mucho a clase, y me dieron palos por todos los lados. Y eso que mi padre no me pegó una paliza, sino que al día siguiente me llevó a trabajar a un tejar, entraba a las cinco de la mañana y salía a las dos o tres de la tarde, con 11 años. Fue una experiencia dura, pero tomé la decisión, estudié y fue todo bien.

Máximo González Jurado, rodeado por su familia, el día en el que consiguió su primer doctorado. Junto a él su padre Salvador (fallecido recientemente) y su mujer Eloína, dos figuras fundamentales en su vida.

¿La experiencia fue de un día?
¡No, de un mes! Yo tenía mi orgullo y dije “no me voy de aquí”. Pero al cabo de un mes, ya no podía más. Mi padre lo pasaba peor que yo viéndome trabajar. Pero me hizo bien para responsabilizarme ante la situación familiar.

Se despistó por pasárselo bien con sus amigos, ¿qué hacían?
Nos escapábamos, nos íbamos al río a bañarnos. El río Genil, en primavera y en verano, era una delicia. Iba con los sobrinos del cura, que eran tremendos. Pero el director de la escuela no quiso decir nada porque en ese momento murió una hermana mía y fue un trauma durísimo para la familia. Entonces yo seguí así más tiempo y perdí clase.

¿Qué otros trabajos hizo para ayudar a la economía familiar?
Puente Genil es un sitio muy conocido por la carne de membrillo, y mis hermanos mayores y yo trabajábamos en una fábrica durante los meses de verano. Yo armaba cajas y envolvía los bloques de membrillo. Los hermanos pequeños fueron más privilegiados, no tuvieron que trabajar.

¿Cuántos años duró esa etapa?
Varios años, hasta que me fui de Puente Genil a estudiar Enfermería. Lo recuerdo orgulloso pero la verdad es que era duro, porque sacabas el curso brillantemente, y tus compañeros se iban de vacaciones en verano, mientras que yo me iba a trabajar.

¿Qué aficiones tenía?
Jugaba al balonmano. Fui de los iniciadores en Puente Genil, de hecho ahora me han avisado de que, dado que estamos otra vez en División de Honor, quieren hacernos un homenaje, lo que me ha dado una alegría tremenda. Hicimos las porterías nosotros mismos, alineamos el campo, que era de tierra… Llegamos a ser terceros de España, siendo yo el capitán del equipo.

González Jurado (en el centro), con compañeros de uno de los equipos de balonmano en los que jugó.

¿Y por qué este deporte?
Allí teníamos un profesor de Educación Física, un hombre extraordinario, que entendía que la educación integral pasaba por la práctica del deporte, y él odiaba el fútbol, decía que era el deporte menos instructivo y donde se aprendía a hacer trampas. Consideraba mejores el balonmano, el voleibol y el atletismo. Yo era corredor de 5.000 metros lisos, corredor de fondo, lo he sido toda mi vida. Me gusta llegar y agotando a los demás. Esa ha sido mi vida, no venirme abajo nunca y como al final la gente no sigue, llegas tú y los demás no llegan.
Este profesor nos motivó mucho a todos, y ahí están los frutos. Casi 50 años después, seguimos estando en la élite del balonmano y el voleibol.

¿Se planteó en algún momento ser deportista profesional?
No existía la posibilidad. Pero cuando llegué a Málaga, para estudiar Enfermería, seguía jugando a balonmano y me ficharon, dándome la estancia en el Colegio Menor Mediterráneo, por lo que estudié becado parte de la carrera gracias al deporte. Ahí entré a primera división nacional. Años más tarde, cuando regresé a Córdoba y seguí jugando, empezaban a pagar, pero algunos compañeros y yo renunciamos a cobrar (yo ya trabajaba) y tampoco quería tener un compromiso.

Y si hubiese habido la posibilidad de ser profesional, ¿lo hubiese sido?
Ahora mismo no me cogerían. No se puede comparar el deporte actual con el de hace años. Ahora cuando veo un partido de balonmano, que veo muchos, me quedo maravillado, tienen la misma talla que los jugadores de baloncesto, pero son mucho más ágiles.
No hubiese querido vivir del deporte, siempre lo he visto desde otra perspectiva. Creo que he recibido unas facultades que me permiten hacer otro tipo de cosas de las que la gente se beneficia más. No me importaría que un hijo mío hubiese sido un deportista de elite que me hubiese retirado de trabajar, pero no me ha pasado.

¿Cuándo y cómo empezó a pensar en la enfermería como su futuro profesional?
Fue una auténtica casualidad. Yo quería ser profesor de Educación Física, me gustaba mucho el deporte, era mi auténtica vocación. Pero había que venirse a Madrid y mi padre no tenía dinero. No pudo ser.
Tengo un hermano mayor que es poliomielítico y, de pequeño, pasaba largas temporadas ingresado en Málaga. Estudió Magisterio pero estaba enamorado de la Enfermería y me hablaba tanto de esto que yo, sin saber lo que era, me empecé a ilusionar. En el Hospital Infantil, la superiora de las monjas, nos contrató a los dos para dar clases a los chavales poliomielíticos, un ingreso que, junto a la beca, me permitió estudiar. Solo al octavo hermano mi padre le pudo costear los estudios. Mi hermano mayor estudió con préstamos bancarios.
Esta monja incluso me ofreció una sala del hospital para dormir el último año de estudios en Málaga, cuando volví de hacer la mili como voluntario con mi equipo de balonmano, que era militar.

¿Cómo recuerda aquellos años de Málaga?
Los mejores de mi vida. Me enamoré de la Enfermería el primer día que llegué al hospital. Además, jugaba al balonmano, que era lo que más me gustaba. Hice un grupo de amigos extraordinario, que conservo.

Máximo González Jurado cumplimentando a la Reina Doña Sofía. Abajo, con el Príncipe Felipe.

De ahí a Madrid…
A la aventura, a estudiar Podología. Sabía que existía Madrid, pero nunca había estado.

¿Cómo fue el primer día en la gran ciudad?
Horroroso. Llegué en octubre, sin abrigo, porque en Málaga hacía un clima fantástico. Mi padre me compró un abrigo y me dio mil pesetas de la época para buscarme la vida. Llegué a Atocha y no sabía qué hacer, así que directamente me fui al Colegio de Practicantes y Ayudantes Técnicos Sanitarios y vi en el tablón de anuncios una oferta de trabajo en Vallecas. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, empecé a trabajar. Lo recordaré siempre con cariño. En aquella época, principios de los años setenta, Vallecas era calles de tierra y barro, yo iba con las botas de agua a hacer visitas a domicilio a primera hora y luego estaba en el consultorio hasta las cuatro de la tarde.
Al poco tiempo de esto, a través de un contacto de mi padre, me hicieron una prueba en la casa Scholl y me contrataron. Adquirí una práctica impresionante y además ganaba mucho dinero, de treinta a cuarenta mil pesetas al mes. Pero yo quería aprender mucho, así que lo dejé y empecé a trabajar en la clínica universitaria, y por la noche iba a clases. Me gustaba mucho la cirugía menor, y fue fantástico. Me fundí todo lo que había ganado, pero tuve unas vivencias impresionantes.

¿Por qué la podología?
En Málaga conocí a algunos podólogos, me gustaba lo que hacían, y además vi que ganaban mucho dinero, por qué no decirlo. Era una especialidad de Enfermería y ha sido gran parte de mi vida.

Luego vuelve a Córdoba…
Cuando me gradúo en Madrid, vuelvo. Y soy uno de los primeros seis enfermeros que entran en la Seguridad Social en Córdoba. Hasta entonces eran mujeres. Empecé a trabajar de noche para abrir consulta, pero al cabo de unos años renuncié a la plaza que gané por oposición. Me decían que estaba loco, pero decidí dedicarme por entero al mundo de la Podología, teniendo una clínica que se consideró una de las más importantes del mundo, la número uno de España. Tenía cinco podólogos, taller ortopédico con cinco técnicos…

Y regresa a Madrid…
Sí, porque cuando estaba en el hospital como enfermero, hay movimientos importantes a nivel nacional para dilucidar qué se hace con la profesión: si se pasa a formación profesional o a la universidad. En aquel entonces era un híbrido, estábamos en la facultad de Medicina pero no éramos universitarios. Se crea una coordinadora nacional y entro en ella, con acciones muy fuertes, encerrándonos en Madrid… Y todo esto en tiempo de Franco.

¿Era arriesgado?
Menos de lo que se dice. Es verdad que no éramos activistas políticos, luchábamos por la profesión. Aquello fue una bandera de la izquierda, que lo llevó muy bien. Al final conseguimos que se transformase en profesión universitaria. En Córdoba se unificaron los tres colegios que había (ATS masculino y femenino, y matronas), y me piden que vaya de cabeza de lista a las elecciones, me presento y gano. De hecho, de 1.200 enfermeros, yo saqué casi 700 votos. Creo que fue la ocasión en la que más claramente he ganado en un colegio provincial. Al poco tiempo, se constituye el Consejo Andaluz de Colegios y yo, que soy el último en llegar y más joven, soy propuesto como presidente, sin elecciones. Tenía por entonces 30 años. Al poco tiempo, me proponen como vicepresidente para el Consejo General. Con el presidente que había por entonces, jugamos al ‘poli bueno y el poli malo’ (yo era este segundo), como Felipe González y Alfonso Guerra. Entonces empecé a venir por Madrid.

De ahí a la presidencia…
Me piden más de treinta colegios que sea yo el presidente, algo que nunca había pensado porque yo en Córdoba era un hombre muy feliz con mi familia y mi trabajo. Aunque reconozco que se me había quedado pequeña Córdoba. Al mismo tiempo, en esa época me piden que ponga en marcha la titulación universitaria, así que mi mujer y yo decidimos instalarnos definitivamente en Madrid, en 1990.

Así que su familia se formó en Córdoba…
Nuestros tres hijos nacieron en Córdoba, pero me casé en Madrid, conocí a mi mujer en la universidad y nos casamos en la capilla de la Universidad Complutense. Ella estudiaba Enfermería en la Fundación Jiménez Díaz. Es de León, y yo de Córdoba, así que pensamos que el punto equidistante era Madrid.

Entonces los primeros años de matrimonio eran un viaje continuo entre Madrid y Córdoba…
Entre 1981 y 1990. Hoy eso es fácil porque tenemos AVE, pero por entonces no había nada. Salía a las once de la noche de Córdoba y llegaba a las ocho de la mañana a Madrid, y de regreso llegaba a las seis de la mañana a Córdoba.

¿Cómo fue la llegada a Madrid de toda la familia?
Fenomenal. Vida nueva, aunque ya conocíamos la ciudad. Y pensando en mis hijos, me parecía una buena elección teniendo en cuenta las oportunidades laborales para ellos. Me dolió un poco porque Córdoba es mi tierra, la quiero muchísimo, pero en la vida hay que tirar para adelante, nunca para atrás.

¿Alguno de sus hijos ha elegido la carrera sanitaria?
Ninguno. El mayor hizo Económicas y luego un MBA en Australia; el segundo hizo Comunicación Audiovisual y trabaja en lo suyo; y la tercera hizo Administración y Dirección de Empresas, se formó en Bélgica, posteriormente regresó a España y trabaja en cooperación y desarrollo. Me hubiera gustado que hubiesen elegido la carrera sanitaria porque les podría haber ayudado muchísimo.

Además también es la carrera de su esposa…
Ella es enfermera y podóloga también.

¿Cómo compatibilizó esta intensa vida profesional desde tan joven con su familia?
No he compatibilizado, desgraciadamente. No he podido tener relación con mis hijos mayores. Me da pena, pero esa es la realidad. Mi hijo mayor, cuando tenía siete añitos, me escribió una carta en la que me preguntaba ‘papá, ¿por qué no puedo tener un papá como los demás niños?’. Nunca fui al colegio ni a ninguna actividad suya. Con mi hija sí, cuando nos vinimos a Madrid, a partir de ahí rectifiqué. Trabajaba muchísimo, no terminaba antes de las once de la noche ningún día. Estaba enamorado de mi trabajo y tenía la suerte de tener muchísimo tarea, además de que tenía satisfecho el aspecto económico de forma muy importante. El compromiso con la profesión me pudo mucho, por lo que no tenía vida. Por otro lado, mis hijos estuvieron internos en Inglaterra entre los 11 y los 14 años, porque no quería que ellos tuviesen la limitación de idiomas que yo tenía.

¿Tiene nietos?
Dos nietas, fantásticas. Una muy chiquitita, de dos meses. Y la otra tiene ocho años.

¿Puede disfrutar de ellas?
De la más pequeña sí porque vive aquí en Madrid. La otra vive en Málaga y la veo cuando puedo. Es una alegría enorme.

Sabemos que es un gran aficionado al fútbol…
Sí, pero no forofo. En mi casa, cuando nacías, mi padre nos hacía de la cofradía y del Real Madrid. La cofradía es algo grande para nosotros, yo soy cuarta generación de cofrades y mis hijos, quinta.

¿Qué cofradía?
El Señor de la Humildad, que no va mucho conmigo, pero en fin… (risas). He tenido el honor de ser presidente y además, cuando cumplió 300 años, la agrupación nos dio el pregón de Semana Santa, y los casi 1.000 hermanos me designaron pregonero, que para alguien que ha nacido en Puente Genil, es lo más grande que puede tener. Fue hace seis o siete años. Un gran honor.

¿Es en Semana Santa cuando mejor puede vivir esa experiencia?
No solo en esos días. Se organizan muchos actos religiosos y voy a los que puedo. Mientras mis padres vivieron en Puente Genil, era un motivo más para ir y verlos. Hace diez años los trajimos a Madrid, han estado en una residencia geriátrica, mi padre falleció hace unos meses. En definitiva, los vínculos con Puente Genil son menores. Ya no tengo casa allí. Voy mucho menos de lo que debería ir, pero eso no significa nada.

Como aficionado al fútbol… ¿Es de los que se cabrea cuando pierde?
No me cabreo, pero no me gusta. Me cabreo cuando no hacen lo que tienen que hacer. Si se dejan la piel en el campo y pierden, me parece bien. Pero cuando golfean sí me cabreo, porque eso no es deporte. Siempre me ha gustado ser competitivo, creo que es la forma de respetar al otro. Por eso pido que se esfuercen, porque además cobran. Nosotros no cobrábamos.

Con David Benton, director ejecutivo del Consejo Internacional de Enfermeras (CIE), e Iroko Minami entonces presidenta, recogiendo el Premio Christiane Reimann, el 'Nobel' de la Enfermería.

¿Y qué opina de los contratos millonarios?
Si la gente está dispuesta a pagarlos, estamos en libre mercado. No tengo ningún problema de conciencia. El fútbol es un deporte profesionalizado. Si resulta que estos señores venden camisetas, se ganan millones y la gente disfruta con eso…

¿Consume prensa deportiva?
Leo muchos periódicos todos los días. Estoy suscrito a las dos plataformas digitales que hay. Antes de acostarme leo varios diarios. Por la mañana, me descargo el Marca. Y con los sanitarios, me tenéis sin dormir hasta las dos de la mañana. También veo el último telediario de la noche y el de Telemadrid.

Así que está al filo de la noticia…
Sí, me gusta mucho. Además es cómodo. Con las ‘tabletas’ es muy cómodo. Siempre en soporte digital, en papel no leo nada absolutamente.

¿Le gusta entonces la tecnología?
Muchísimo, desde hace años. He intentado que mi Consejo General sea muy innovador tecnológicamente.

¿El broche de oro a su carrera sería presidir el Consejo Internacional de Enfermería?
No. Yo ya he podido ser presidente del Consejo Internacional tres veces. Han venido un número muy importante de países a pedirme que me presente. Varios motivos claros me han llevado a no aceptar. Por un lado, ya no debes tener cargo en tu país, me parece incompatible porque en el primer año de mandato tienes que visitar al menos setenta u ochenta países. Desde el punto de vista personal, claro que es muy prestigioso, pero esa no es la cuestión. Mi broche sería mostrar que he cumplido mi programa electoral.
De todas formas, yo he tenido el honor de recibir el premio más importante a nivel mundial de Enfermería, solo lo hemos recibido cinco enfermeros en los últimos cien años de historia. Los otros cuatro que lo han conseguido son grandes nombres. A día de hoy, sigo preguntándome por qué me designaron a mí. Nunca jamás pensé que me lo darían. Soy una institución viva porque el resto de galardonados han fallecido. Por otro lado, tengo mis años y todavía no sé si he terminado mi labor aquí, y cuando la termine no sé si tendré ganas de emprender esa etapa.
También hay que tener en cuenta que dado que soy el decano, tanto del Consejo Europeo como del Internacional, me tienen un respeto muy importante. Cuando surgen problemas entre países, me llaman a mí como mediador, para que asesore a otros y ayude al consenso. Con esto también le doy a la Enfermería española muchísima fuerza.
Tengo otras metas que me atraen más que esa presidencia. Cuando termine mi etapa en el Consejo General me gustaría hacer cooperación y desarrollo en Latinoamérica y África, donde ya he empezado a trabajar, pero me gustaría trabajar personalmente y hacer proyectos que queden para muchos años allí.

¿Se plantea una fecha para retirarse?
Si lo hubiese imaginado, que no lo he hecho, lo último que haría sería decirlo. Eso no se debe decir, se lo he recomendado siempre a mis amigos políticos. No se puede decir porque entonces empiezan a devorarte por abajo los enanos, empiezan las luchas intestinas, y eso es muy peligroso para una organización. Tienes que decir que te vas el mismo día que te vas, no antes.
Creo que me lo plantearé en serio cuando haya resuelto diversos objetivos de la profesión, como consolidar las enseñanzas de Enfermería, desarrollar e implementar las especialidades, la prescripción de medicamentos… Cosas que aún costarán años de lucha. También hay que reconducir la situación del desempleo gravísima que tenemos ahora.

¿Con cuál de esos retos no se permitiría la retirada?
Con ninguno de ellos. O se quedan cerrados, o me echan los presidentes de los colegios.

En esa retirada, ¿volvería a Andalucía?
No. Tengo casa en Málaga y Córdoba, y disfruto de ellas, pero mi vida está en Madrid, ciudad a la que adoro, donde he hecho mi vida. Tengo autocaravana, por lo que aprovecharía para moverme por toda Europa, atravesaría Canadá de punta a punta… Y quisiera hacer proyectos en Latinoamérica, y quizás asentarme una temporada allí. Eso me ilusiona muchísimo y lo veo fácil, mucho más que aquí.

¿Qué reto personal le queda por cumplir?
Todos. Todavía no he empezado a hacer nada. Cuando me levanto por la mañana, pienso en muchos proyectos. Aparte de mi familia, que es mi vida, mi gran reto es consolidar mi profesión. Lo poco o mucho que sea en esta vida, se lo debo a mi profesión. Es tanto lo que me ha dado, que tengo que devolvérselo. Me gustaría dejarla donde yo creo que debe estar.

¿Volvería a dar los mismos pasos… Se arrepiente de algo?
Quizás viéndolo desde ahora, desde la experiencia, lo hubiese hecho de otra forma. Me puedo arrepentir de haberle hecho daño a otras personas, no me cuesta trabajo pedir perdón. Soy impulsivo y a veces agresivo, por lo que sé que he hecho daño a otras personas en alguna ocasión. Soy sensible, lo que pasa es que me he hecho una coraza muy dura porque este mundo es duro. A veces cuando eres duro, eres injusto, y tampoco hay que tratar a la gente así.

¿Se acuerda de algún momento especialmente duro?
Ha habido muchos: de incomprensión, de traiciones inesperadas… En mi vida ha habido muchos más momentos difíciles que agradables. Yo le debo estar en el Consejo General a mi mujer, porque en un momento depresivo, muy duro, en el que yo era vicepresidente, le dije que se terminaba todo y me volvía a Córdoba. Y ella me dijo “si vienes dimitido, no entres en la casa”. Eso me hizo reconsiderarlo. Gracias a ella seguí muchos años.

¿El momento vital más especial?
El día que nació mi primer hijo fue importante, también el día que murió mi padre.

¿Y profesional?
Ha habido muchos momentos, pero recuerdo especialmente uno. Fue en Nueva Zelanda, en Auckland, en 1987. Competíamos con Inglaterra por conseguir el congreso mundial para España. Cuatro años atrás, habían competido Inglaterra y Corea y perdió Inglaterra, con lo que tenía toda la ventaja del mundo. Además de que la oficina central había estado instalada allí. Fue la lucha de David contra Goliat. Por entonces, era vicepresidente del Consejo General, y le puse un empleo tremendo, me pateé medio mundo... Hasta tal punto que dije que dimitía si no me traía el congreso a España. Pedí que hubiese interventores en el recuento de los votos, porque no me fiaba. Myriam Ovalle, la primera enfermera doctora, fue interventora, y le dije que cuando regresase del recuento, si habíamos ganado, se tocase una flor de la solapa que le habíamos regalado. Ese día me pasó algo que nunca más en mi vida me volvió a pasar: me temblaban las piernas. Cuando pasó Myriam Ovalle, y se tocó la flor, casi me caigo. Ese fue el día más feliz que he tenido, el más emotivo. Le ganamos al Reino Unido por goleada, en un país de la Commonwealth... El congreso vino en 1993 en Madrid, con la asistencia de casi 13.000 enfermeros. El año que viene es en Barcelona. Ha sido la primera vez en la historia que se le da al mismo país en tan pocos años.

¿Cómo le gustaría que recordasen su paso por el Consejo General?
Eso es difícil. En este tipo de puestos tienes conocidos, muy pocos amigos y muchos enemigos. Lo que me gustaría es que, en su momento, algún historiador de la enfermería analice la labor y escribieran lo que consideraran oportuno. Me he entregado en cuerpo y alma, y pocas personas pueden decir lo mismo. En esta etapa ha sido muy importante mi independencia económica, que la he tenido siempre, y mi formación académica (tres carreras universitarias y dos doctorados), que me permite hablarle de ‘tú a tú’ a cualquiera. Lo importante son los resultados, que no son míos, sino de mucha gente. A nivel internacional, creo que le he dado nombre y prestigio a la Enfermería española. Somos referencia mundial. Mi padre me enseñó de niño que no pidiese ni esperase reconocimiento. Yo disfruto haciendo esto. ¿Qué más puedes pedir a la vida que hacer una cosa que disfrutas?
Me siento contento, pero al mismo tiempo muy insatisfecho, porque teníamos que haber llegado mucho más lejos. Pero las bases están sentadas con los grupos de investigación, son un ejército de gente con niveles de conocimiento impresionantes, y eso no hay quien lo tumbe, el conocimiento no se puede tumbar. Este año, para el doctorado de la Complutense, tenemos 90 solicitudes para 20 plazas. Esto era impensable, y ya es una realidad. Lo que nos falta es profundizar en el humanismo.